Reflexiones
Antes de empezar un tratamiento: ¿qué estamos tratando de conseguir?
Cuando una persona enfrenta una enfermedad seria, muchas veces la conversación se concentra rápidamente en el tratamiento: qué medicación va a recibir, cómo se administra, cuánto dura, cuáles son sus efectos adversos.
Pero antes hay una pregunta más básica:
No todos los tratamientos persiguen el mismo objetivo. Algunos buscan curar. Otros intentan disminuir la posibilidad de que una enfermedad vuelva. En determinadas situaciones el objetivo es prolongar la vida manteniendo la enfermedad controlada. En otras, aliviar síntomas o preservar una función.
Entender esa diferencia no es un detalle. Es lo que permite valorar si los beneficios que esperamos de un tratamiento justifican aquello que habrá que atravesar para obtenerlos.
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Antes de hablar de qué medicación va a recibir una persona, hay una pregunta más básica: ¿para qué estamos haciendo este tratamiento? En función de las características de la enfermedad es esencial definir el objetivo principal del tratamiento: procurar la curación, disminuir la posibilidad de recaída, prolongar la vida controlando la enfermedad, o aliviar síntomas.
Cuando una enfermedad no es curable con los tratamientos disponibles, eso no significa que no haya tratamiento ni que quede poco tiempo de vida. Significa que el objetivo suele cambiar: que la persona viva más y viva ese tiempo lo mejor posible. Y si un tratamiento controla la enfermedad durante un tiempo y después ésta progresa, eso no borra el beneficio que se consiguió mientras funcionó.
Saber el objetivo también permite responder cuánto tiene sentido atravesar para conseguirlo: no evaluamos igual un tratamiento con alta probabilidad de curación que uno con una posibilidad pequeña de beneficio. Y el “costo” no es solo los efectos adversos, sino también el tiempo, los gastos y lo que se resigna de la vida cotidiana.
La calidad de vida es un tema central de las conversaciones entre paciente y médico. La definición de buena calidad de vida es muy personal y puede cambiar con el tiempo. Por ello, es importante repetir esa conversación varias veces a lo largo de la trayectoria de la enfermedad.
También existe un momento en que seguir un tratamiento antitumoral deja de ofrecer un beneficio razonable —y suspenderlo no es “dejar de tratar”: puede significar concentrar los esfuerzos en cuidar a la persona. Los cuidados paliativos de soporte, además, no son exclusivos del final de la vida: pueden convivir con un tratamiento activo desde mucho antes.
Por último: quien recibe el tratamiento es el paciente. La familia importa y acompaña, pero la decisión tiene que reflejar principalmente lo que el paciente quiere para sí mismo, no la angustia de quienes lo rodean.
¿Qué significa realmente curar?
Curar significa que la enfermedad desaparezca y no vuelva.
Parece una definición sencilla, pero en la práctica no siempre es fácil saber cuándo una persona está definitivamente curada.
En muchas enfermedades, especialmente en cáncer, podemos terminar un tratamiento y no encontrar ninguna evidencia de enfermedad. Los estudios son normales, el examen clínico no muestra alteraciones y la persona se siente bien.
Eso es una excelente noticia. Pero un estudio normal nos informa acerca del presente: en ese momento no encontramos enfermedad detectable.
No necesariamente puede decirnos qué ocurrirá varios años después.
Algunas enfermedades prácticamente no recaen después de determinado período. Otras pueden hacerlo muchos años más tarde. Por eso, con frecuencia, en lugar de afirmar que una persona está curada podemos hablar de una probabilidad cada vez mayor de que lo esté a medida que pasa el tiempo sin recaída.
También existen tratamientos que se administran después de haber eliminado toda enfermedad visible, por ejemplo después de una cirugía. Su objetivo es disminuir la posibilidad de que queden células microscópicas capaces de producir una recaída.
En ese contexto, disminuir el riesgo de recaída significa aumentar las posibilidades de curación.
Cuando la enfermedad no es curable
Hay otras situaciones en las que sabemos que, con los tratamientos disponibles actualmente, no podemos garantizar la eliminación definitiva de la enfermedad.
Cuando esto ocurre intento decirlo con claridad:
Eso no significa que no haya tratamiento ni que necesariamente quede poco tiempo de vida.
Significa algo más preciso: hoy no contamos con un tratamiento capaz de garantizar que podamos destruir hasta la última célula tumoral y conseguir que la enfermedad no vuelva nunca.
A partir de allí pueden ocurrir cosas muy diferentes.
Algunas personas tienen respuestas excelentes y prolongadas. Una enfermedad puede mantenerse controlada durante años. Otras responden durante períodos más breves y requieren cambiar a una segunda o tercera estrategia.
Por eso, cuando no podemos curar, el objetivo suele ser otro: que la persona viva más y que pueda vivir ese tiempo lo mejor posible.
Ambas partes son importantes.
No se trata solamente de prolongar la supervivencia. También importa en qué condiciones se vive ese tiempo.
¿"Cronificar" el cáncer? Una expresión que conviene precisar
En oncología se utiliza con frecuencia la expresión “cronificar el cáncer”. Es una expresión atractiva, pero puede prestarse a confusión.
A veces se la compara con enfermedades como la hipertensión o la diabetes: enfermedades que requieren tratamiento durante muchos años y con las que una persona puede convivir durante gran parte de su vida.
Eso se ha conseguido en algunos cánceres. Pero no debería generalizarse.
En muchas enfermedades oncológicas, cuando hablamos de “control”, podemos estar hablando de meses o de algunos años. Eso puede constituir un beneficio enorme, pero no necesariamente equivale a convertir la enfermedad en una condición crónica comparable con hipertensión o diabetes.
Es preferible entender concretamente qué se espera de un tratamiento en esa enfermedad y en esa persona.
Que la enfermedad progrese no significa necesariamente que el tratamiento haya fracasado
Este punto suele ser difícil.
Supongamos una persona con un cáncer avanzado que inicia un tratamiento cuyo objetivo es controlar la enfermedad. El tratamiento funciona muy bien durante dos años y después el tumor vuelve a crecer.
Es comprensible que el paciente sienta: “El tratamiento dejó de funcionar. Fracasó.”
Pero eso no necesariamente describe bien lo ocurrido.
Si el objetivo era mantener la enfermedad controlada y el tratamiento consiguió hacerlo durante dos años, esos dos años de control fueron precisamente el beneficio que buscábamos.
La progresión posterior no convierte retrospectivamente ese beneficio en un fracaso.
Esto es importante explicarlo desde el comienzo. Pero también hay que hacerlo con cuidado.
Decirle a una persona que probablemente algún día la enfermedad vuelva a avanzar no significa pedirle que viva esos meses o años pendiente de cuándo va a suceder.
Explicar el objetivo debería ayudar a interpretar lo que vaya ocurriendo, no transformar la vida en una espera angustiosa de la progresión.
Hablar con claridad no significa quitar esperanza
A veces médicos y pacientes sienten que hablar demasiado claramente sobre una enfermedad puede quitar esperanza.
No necesariamente es así.
Se puede esperar que un tratamiento funcione muy bien y dure mucho tiempo y, al mismo tiempo, comprender que su objetivo no es curar.
También se puede tener esperanza en cosas diferentes: responder al tratamiento, mantener autonomía, controlar el dolor, llegar a un acontecimiento importante, pasar más tiempo en casa o conservar determinadas actividades.
La esperanza no tiene por qué depender de negar aquello que sabemos sobre la enfermedad.
Pero tampoco es necesario explicar todo de una vez. Hay información que una persona puede incorporar en una consulta y otra que necesitará volver a conversar más adelante.
Por eso estas conversaciones no deberían ser un acontecimiento único.
El objetivo del tratamiento determina cuánto daño tiene sentido aceptar
Saber para qué hacemos un tratamiento también permite responder otra pregunta: ¿cuánto estamos dispuestos a atravesar para intentar conseguir ese objetivo?
No evaluamos de la misma manera un tratamiento que ofrece una alta probabilidad de curación que un tratamiento de cuarta o quinta línea con una posibilidad pequeña de producir beneficio.
En el primer caso puede ser razonable aceptar toxicidades importantes y transitorias para intentar conseguir una curación. En otro contexto, el mismo nivel de toxicidad puede no tener sentido.
Y cuando hablamos del “costo” de un tratamiento no hablamos solamente de efectos adversos.
Por supuesto importan la mielosupresión (baja de las defensas), las náuseas, los vómitos, la caída del cabello, la neuropatía (hormigueo o adormecimiento en manos y pies), el cansancio o el riesgo de internaciones.
Pero también existen otros costos.
Un tratamiento consume tiempo. Puede exigir viajes al hospital, análisis, consultas, horas de espera, estudios y procedimientos.
También consume recursos económicos. Incluso cuando la medicación principal está cubierta, pueden existir gastos de transporte, medicamentos complementarios, cuidadores o pérdida de ingresos por no poder trabajar.
Y finalmente existe un costo sobre la vida cotidiana: independencia, actividades, trabajo, vínculos familiares y tiempo disponible para hacer aquello que a una persona le importa.
Todo eso forma parte del tratamiento.
Calidad de vida: una definición que puede cambiar
Los pacientes suelen decir cosas que los médicos deberíamos escuchar con mucha atención:
“No le tengo miedo a la muerte. Le tengo miedo a sufrir.”
O: “No quiero convertirme en una carga para mi familia.”
O: “No quiero dejar de ser quien soy.”
La calidad de vida es, por eso, un resultado fundamental.
Pero hay algo más complejo: lo que una persona considera una calidad de vida aceptable puede cambiar con el tiempo.
Cuando estamos sanos o prácticamente asintomáticos podemos imaginar que determinadas limitaciones serían intolerables. Después, frente a una enfermedad, las prioridades pueden cambiar.
Algo que inicialmente parecía inaceptable puede convertirse en una situación con la que una persona considera que vale la pena convivir. O puede ocurrir lo contrario: una toxicidad que durante un tiempo fue tolerable deja de serlo.
Por eso no alcanza con preguntarle una vez al paciente cuáles son sus prioridades.
Hay que volver a preguntarlo.
Preguntas para volver a hacerse con el tiempo
- ¿Qué es importante para usted ahora?
- ¿Qué cosas quiere preservar?
- ¿Qué consecuencias del tratamiento está dispuesto a aceptar?
- ¿Qué cosas ya no está dispuesto a atravesar?
Estas respuestas pueden cambiar junto con la enfermedad.
¿Cuándo deja de tener sentido seguir con el tratamiento?
También existe un momento en algunas enfermedades en el que continuar un tratamiento antitumoral deja de ofrecer un beneficio razonable.
Reconocerlo es difícil para el paciente, para su familia y también para el médico.
Suspender quimioterapia no significa necesariamente “dejar de hacer”.
Puede significar exactamente lo contrario: cambiar el objetivo y concentrar todos los esfuerzos en aquello que todavía puede beneficiar a la persona.
A veces tengo que decir algo parecido a esto:
No siempre es una conversación fácil.
Pero continuar un tratamiento simplemente porque existe una droga disponible no necesariamente beneficia al paciente.
Tratamiento antitumoral y cuidados de soporte no son opuestos
Existe una confusión frecuente alrededor de la palabra “paliativo”. Muchas personas la interpretan como sinónimo de terminalidad o de últimos días de vida.
Sin embargo, controlar síntomas y cuidar la calidad de vida debería formar parte del tratamiento desde mucho antes.
Por eso muchas veces resulta más comprensible hablar de cuidados de soporte.
Una persona puede estar recibiendo un tratamiento activo contra el cáncer y, al mismo tiempo, necesitar ayuda para controlar dolor, falta de aire, náuseas, cansancio, alteraciones del sueño, ansiedad u otros problemas.
Esto no significa que el tratamiento contra el cáncer haya dejado de funcionar ni que se haya decidido suspenderlo.
Son dos objetivos que pueden coexistir: tratar la enfermedad y cuidar a la persona que la está atravesando.
La evidencia disponible muestra que integrar tempranamente cuidados orientados al control de síntomas y a la calidad de vida puede mejorar la experiencia del paciente y su bienestar.
Referencia: Temel JS et al. “Early Palliative Care for Patients with Metastatic Non–Small-Cell Lung Cancer.” N Engl J Med. 2010;363:733-742.
El problema es que en muchos lugares este tipo de atención especializada no está fácilmente disponible en forma ambulatoria, por lo que buena parte del control de síntomas termina recayendo también sobre el oncólogo.
La familia importa, pero quien pone el cuerpo es el paciente
Las enfermedades graves afectan a toda una familia.
Es natural que los hijos, la pareja o las personas cercanas quieran participar y tengan miedo.
A veces la familia quiere que el paciente continúe tratando cuando él está cansado y preferiría detenerse. En otras ocasiones ocurre lo contrario.
Estas situaciones pueden generar conflictos difíciles de resolver.
La opinión de la familia importa. Y muchas veces la familia es además quien acompaña, cuida y sostiene buena parte de las consecuencias prácticas de la enfermedad.
Pero hay algo que no deberíamos perder de vista: quien recibe el tratamiento es el paciente.
Es su cuerpo el que atraviesa la toxicidad, las consultas, los procedimientos y los efectos sobre su vida cotidiana.
Cuando una persona conserva capacidad para decidir, no debería aceptar un tratamiento fundamentalmente para no decepcionar a su familia o para disminuir la angustia de quienes la rodean.
El beneficio que buscamos tiene que ser, primariamente, para ella.
A veces tampoco hace falta resolver inmediatamente una decisión difícil.
Si la situación clínica lo permite, puede ser razonable darse unos días, conversar con la familia, vivir un poco fuera del hospital y volver después a discutir qué se quiere hacer.
El tiempo también puede ayudar a ordenar una decisión.
El objetivo del tratamiento hay que volver a hablarlo
Explicar el objetivo una vez no garantiza que quede comprendido para siempre.
La enfermedad cambia. Los tratamientos cambian. Las personas cambian.
Y también pueden ocurrir situaciones vitales —la enfermedad o muerte de alguien cercano, una crisis familiar, una experiencia difícil con un tratamiento— que modifiquen la manera en que una persona percibe su propia enfermedad.
Por eso estas conversaciones deberían repetirse.
No solamente cuando hay progresión.
También cuando aparece una toxicidad importante, cuando cambia el estado general, cuando el paciente empieza a preguntarse si quiere seguir con el tratamiento o cuando tenemos la sensación de que médico y paciente están pensando cosas diferentes sobre qué estamos tratando de conseguir.
La conversación sobre objetivos no es un documento ni una decisión tomada una vez y para siempre.
Es un proceso.
Cuestiones para pensar
Antes de aceptar un tratamiento puede ser útil hacerse algunas preguntas:
- ¿Entiendo cuál es el objetivo concreto de este tratamiento en mi caso? ¿Curar, disminuir el riesgo de recaída, prolongar la vida, controlar la enfermedad, aliviar síntomas o preservar una función?
- ¿Qué beneficio puedo esperar razonablemente? ¿Es un beneficio grande, moderado o pequeño? ¿Qué tan segura es esa estimación?
- ¿Qué significa que este tratamiento “funcione”? ¿Que la enfermedad desaparezca, disminuya, no crezca durante un tiempo, reduzca el riesgo futuro o mejore síntomas?
- ¿Cómo sabremos si está cumpliendo su objetivo?
- ¿Qué voy a tener que atravesar para obtener ese beneficio? No sólo efectos adversos, sino también tiempo, estudios, viajes, gastos y repercusión sobre mi vida cotidiana.
- ¿Qué cosas son especialmente importantes para mí conservar? Autonomía, trabajo, capacidad física, lucidez, tiempo con la familia, posibilidad de viajar, permanecer en casa u otras prioridades.
- ¿Qué toxicidades o consecuencias considero aceptables y cuáles no?
- Si el beneficio fuera menor de lo que imagino, ¿seguiría eligiendo este tratamiento?
- ¿Estoy tomando esta decisión porque yo quiero intentarlo o porque siento que debo hacerlo por mi familia?
- ¿Qué ocurriría si decido no iniciar este tratamiento, postergarlo o suspenderlo?
- ¿Cuándo deberíamos volver a discutir el objetivo?
- Si el tratamiento dejara de ofrecer un beneficio razonable, ¿qué cuidados seguirían disponibles para ayudarme a sentirme y funcionar lo mejor posible?
Y quizá una de las preguntas más útiles sea:
Antes de decir que sí
Antes de aceptar un tratamiento para una enfermedad seria, una persona debería poder responder, al menos en términos generales, cuatro preguntas:
- ¿Para qué es este tratamiento?
- ¿Qué probabilidad existe de que consiga ese objetivo?
- ¿Qué voy a tener que atravesar para intentarlo?
- ¿Ese balance tiene sentido para mí?
No siempre será posible conocer todas las respuestas con precisión. La medicina trabaja con incertidumbre.
Pero entender el objetivo cambia la manera de interpretar todo lo demás: los beneficios, la toxicidad, una respuesta favorable, una progresión y también el momento en que puede ser razonable dejar de tratar la enfermedad para concentrarse en cuidar a la persona.
Dra. María Viniegra
Médica especialista en Oncología Clínica
Actualizado: septiembre de 2026
Este contenido brinda información general y no reemplaza una evaluación médica individual.
Si quiere conversar sobre su situación particular, puede escribir por email.